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[Mision: El mensaje] Hasta una chica rubia puede hacerlo.

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[Mision: El mensaje] Hasta una chica rubia puede hacerlo.

Mensaje por Marija Dvorac el Vie Nov 06, 2015 7:33 am


No hay manera de describir las ansias que sentía estando en aquel tren viendo que en cuestión de segundos arribaríamos en la estación; si bien no había sido un viaje demasiado largo, yo sentía haber pasado todo el día sentada en aquel sitio y que en cualquier momento iba a anochecer... algo imposible porque ni siquiera eran las 10 de la mañana. ¿Qué me estaba llevando al pueblo de Onibus? se preguntaran... bueno, creanlo o no, yo, Marija Dvorac, me encontraba en una mision nada más y nada menos que: -¡Mi primer misión!- exclamé emocionada al ver por la ventanilla que habíamos llegado y el tren, efectivamente, se había detenido. Tomé mi bolso con delicadeza y me dispuse a trotar torpemente, devido a los tacones altos, hacia la puerta cosa de ser la primera de todos en bajar. Las puertas se abrieron y salí disparada hacia afuera, casi como si el tren estuviese a punto de estallar en miles de pedazos. “Que emoción... que nervios... que ansias... que locura...” Mi mente no dejaba de pensar, ni siquiera por cuatro segundos. ¿Seré capaz de cumplir una misión yo sola? Jamás trabajé en mi vida, pero la tomé justamente por ser una realmente sencilla... Hasta una rubia hueca como yo es capaz de entregar una carta... o al menos eso quiero creer.
El día estaba realmente lindo y acorde a mi misión, estaba vestida para parecer toda una profesional e incluso me había atado el cabello en una perfecta cola de caballo alta. Mi vestuario esta vez consistía en una camisa de popelina blanca, con los primeros botones dorados desprendidos pero sin llegar a verse como un escote imprudente; ésta iba acompañada de una mini-falda estilo peplum color azul marino de tiro alto, dejando la camisa un poco holgada y remarcando mis excelentes medidas, como así también la cintura pequeña que poseo. ¿Y cómo acompañar este atuendo mejor que con unos clásicos tacones de aguja negros? Y obviamente, un bolso mediano con todo lo necesario para pasar el día haciendo juego. Las mangas de la camisa estaban arremangadas, no sólo por el calor sino para lucir las tres finas pulseras que parecían ser de oro en mi muñeca izquierda haciendo juego con los botones y los pendientes de corazón también dorados.

-Bueno, por lo que leí mi cliente es un viejito que morirá en cualquier momento...- dije pensando en voz alta mientras el resto de las personas terminaban de bajar del tren, miré a mi alrededor en busca de alguna persona con aquellas características hasta que finalmente pude vislumbrar a un hombre que parecía de unos... bastantes años, lo que quedaba de su cabello era completamente canoso y su ropa parecía ser del siglo pasado sin mencionar de que estaba sentado viendo con cierta melancolía a aquellos que iban bajando del tren. Ajusté mi bolso sobre mi hombro derecho y camine con paso firme, elegantemente hacia aquel señor hasta que al verme frente a él levantó la mirada.
-Usted debe ser el cartero, yo soy Marija Dvorac.- Comenté con tranquilidad tratando de sonar “seria y responsable” pero amable a la vez, arqueando mis labios carmesí hasta formar una sonrisa, el hombre se puso de pie rápidamente devolviendo la sonrisa: -Es un placer, yo soy el hijo del cartero.- Comentó y al oír aquello no pude evitar abrir los ojos haciendo una mueca sin entender demasiado ¿¡Su padre!? ¿¡Cómo es posible que siga vivo!? -¡Pero si sos re viejo!- Exclamé casi horrorizada; el hombre pareció sorprenderse no de muy buena manera a lo que yo negué para tratar de alivianar un poco las cosas: -No... bueno... o sea... como de ochenta...- dije pero el hombre pasó de sorprendido para mal a poner pésima cara: -Tengo cincuenta y siete- Dijo tajante, usando un tono tan gélido que hizo que tragase saliva sonriendo nerviosamente: -Ah... ¿si?... A-ahora que te veo mejor es... cierto...- mentí de un modo quizá demasiado obvio para luego reír nerviosa: -Puede que sea la luz... definitivamente tienes cincuenta años... ¡Qué digo! ¡De cuarenta como mucho!- continué a lo que el hombre, no tan dinosaurio como yo creía, me miró de reojo sabiendo que le estaba mintiendo en la cara. -Será mejor que vayamos hacia el correo...- dijo aún notándose molesto, yo asentí; lo mejor iba a ser no hablar más... conociendo como soy iba a seguir empeorando la situación metiendo la pata hasta el fondo y no quería que me negasen la misión por ser maleducada.
Caminamos una siete cuadras sin dirigirnos la palabra hasta que finalmente llegamos a un lugar de apariencia antigua, seguramente llevaba años abierto estuve apunto de preguntarlo pero mejor, ante la duda, preferí callar la boca, ya lo arruiné una vez... no vaya a ser que me digan que este lugar que parece de más de cien años fue construido hace dos... así que me limité a seguir al hijo del cartero hasta que llegamos a lo que parecía ser la oficina postal, era un lugar bastante acogedor y no había demasiada gente, dos mujeres encargadas del mostrador y en el sillón un hombre aún más anciano que el vejestorio no tan viejo que me acompaño camino para acá.
-¡Papá! ¡No es hora de dormir!- exclamó el hijo del cartero y el pobre hombre despertó de golpe, tratando de sentarse terminó yendo directo al suelo y desde ahí nos miró, sonrojándose levemente... por acto reflejo retrocedí unos pasos y levante mi mano a la altura de la cintura ya preparándome para que un pedazo de tierra le de directo en la cara pero el hijo lo ayudo a levantarse y antes de que llegase a hacer algo hizo una reverencia: -L-Lo siento mucho.- Se disculpo y yo suspiré bajando la mano. -No hay problema...- dije y lo miré fijamente: -Mi nombre es Marija Dvorac, por lo que tengo entendido tengo que entregarle una carta a un artesano.- dije con amabilidad arqueando los labios para sonreír de modo amable, el hombre asintió con la cabeza. -Así es... es fundamental que la carta sea entregada antes del alba.- comentó y automáticamente ladee la cabeza -¿O sea que tengo lo que resta del día y la noche?- cuestioné y el hombre asentió mientras caminaba a tomar un sobre blanco tamaño oficio de encima del escritorio: -Hasta que salga el sol, pero es fundamental que se reciba la carta a tiempo y sobre todo, que sea entregada de mano en mano...- dijo siendo completamente serio al respecto, yo me arqueé de hombros -Da igual, soy rubia pero puedo entregar una carta.- dije revoleando los ojos, tanta introducción ya me estaba aburriendo. El cartero extendió su mano para darme el sobre pero antes de que pudiese tomarlo amagó dejandome con la mano extendida y expresión desconcertada: -El sobre que voy a entregarte contiene unos documentos muy importantes... y nadie, nadie que no sea el artesano puede leerlo. ¿Comprendido?- Nuevamente sonaba serio, su expresión estaba completamente seria también, el hijo incluso se veía sorprendido por las expresiones de su padre, yo asentí con la cabeza ya con cara de estar perdiendo la paciencia... “¡Ocho años para darme un estúpido sobre!” pensaba, el hombre continuaba hablando sobre la importancia del documento, que sólo el artesano lo podía leer, que seguramente tratarían de robarlo... “Bla, bla, bla, ¿acaso no se calla nunca?” continué pensando hasta que finalmente, ya cansada le quité el sobre de la mano.
-Ya está, ya entendí, sólo la debe leer el artesano.- dije y la guardé en el bolso antes de que el viejo vuelva a quitármela de la mano, el hombre me miró con un poco de melancolía. -Esa será mi última entrega... sé responsable por favor...- comentó y yo revolee los ojos. -Señor... sólo tengo que entregar un papel.- dije mirándolo con una clara expresión de “¿es una broma?”, casi despreciando su trabajo. Su hijo me miró bastante mal por ello pero poco y nada me importaba... ¡estuve como cuarenta y cinco años escuchando bla, bla, bla! ¡Quiero irme de una vez! Pero cuando el anciano me miró con ojos tristes sentí cómo la culpa comenzaba a invadirme, incluso se me erizo un poco la piel... -¿Soné ruda verdad?... No era la intención... puede confiar en mí... sé que significa mucho para usted.- dije para luego sonreír con sinceridad, acomodar mejor la cartera en mi hombro y voltear haciendo un gesto con la mano en señal de despedida -¡Ahora me voy!- exclamé y salí de la habitación pegando un portazo luego de despedirme, pude escuchar que gritaban: -¡Espera, debó dec...- no llegué a escuchar el resto por acelerar el paso. ¡Quiero irme de una vez!




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